Capítulo 1

"Oh well, wherever, wherever you are
Iron Maiden's gonna get you, no matter how far".

                                 Iron Maiden (1980)


El cielo, un mar de sargazos donde la luna llena más grande de la historia navega lento, como barco a la deriva. Cientos, miles de nubes hechas jirones, atenúan fugaces su brillo sin hacerla naufragar. Incontables espectros multiformes de gasa que no impiden a su arcaico fulgor irradiarse glorioso y opacar a la misma oscuridad, acompañan su fantasmal travesía, mientras el aire va cargándose de corriente estática, de una creciente carga eléctrica como la que anticipa lluvia, aunque el cielo estrellado dice otra cosa. La brisa fresca que va y viene enfría la noche desértica, arrecia insistente a ratos en el suelo del extremo norte de la ciudad. Arrastra polvo, hojas tan secas como las sucias y amarillentas páginas de diarios, cardos, vasos plásticos, latas de gaseosa y de cervezas vacías que ensucian el entorno del destartalado y solitario remolque de comida rápida de "Eddie", donde él espera a las hordas de comensales hambrientos que harán allí su última parada antes de "morir" cada noche, como disfruta al recordar las odiadas rebanadas de muerte de Edgar Allan Poe mientras prepara agregados y aderezos para los sándwiches que dejarán un poco de dinero en su vieja caja metálica Calpany.

La noche transcurre lenta y las ventas están lejos de llover, apenas gotean: media docena de taxistas tan hambrientos como obesos. Una pareja de enamorados que, tal como apareció desde las dunas a bordo de una motocicleta para reponer sus fuerzas, volvió a perderse de regreso a ellas en la oscuridad. Y un mini enjambre de impacientes ciclistas adolescentes que antes de compartir la porción más grande de papas fritas, la ahogó en mostaza, kétchup y mayonesa casera con ajo. El ají merkén líquido que por casualidad y la ansiedad de todos fluyó al final sobre ellas, aún más generoso que los demás aderezos, urgió por varias gaseosas heladas para aplacar el infierno desatado en sus bocas.

"Eddie" observó de reojo la escena, sonrió en silencio mientras contaba los primeros ingresos de la noche, que exigió en monedas y billetes de baja denominación para dar vuelto sin problemas a sus clientes cuando se dejen caer voraces en torno a su remolque.

El sábado llega a su fin, el dinero es poco y las primeras horas del domingo nuevamente serán de trabajo al borde del camino. El metal de las pocas monedas reunidas deja de repicar contra el delgado metal de la caja Calpany y "Eddie" gira sobre sus pies antes de quedar paralizado por la versión naif y algo deforme de sí que devuelve el metálico revestimiento de las paredes internas de su remolque. En él se refleja tal como a veces se siente: distorsionado, pero digno, con la actitud necesaria para estar en todas o en cualquier portada de los discos de Iron Maiden, su banda favorita, cuyo nombre asoma a la altura de su pecho sobre el extremo superior de un delantal blanco no tan albo que cubre gran parte de su negra y desteñida camiseta Killers. Los brazos tapizados de pequeñas otras versiones de lo que se convirtió en la imagen corporativa de la agrupación británica junto a brillantes dragones, vestales voluptuosas y arlequines diabólicos; fauna humana y retorcida, rebosante de tinta multicolor, de la que él se siente parte con orgullo.

La roída mezclilla de jeans desgarrados en las rodillas y enfundados en bototos militares de segunda mano, lo convierten en un verdadero trooper: el rudo infante del aún más temible, aunque muchas veces incomprendido ejército, pese a ser el más grande del planeta. Y él, el mayor fan del fin del mundo. Quizá más que una persona, un personaje. Un mito. Un mito urbano. Uno desmitificado. Una vida ajena para él mismo. Parte de la existencia vivida por otro ser humano. Sólo uno. Sólo dos. Sólo tres. Las tres. Cuatro y cinco. Sólo seis. Sólo siete. "Siete veces siete", piensa como tantas otras veces sin arribar a conclusión alguna que le dé un poco de la paz que tanto necesita. Es la preocupación de su subconsciente transformada en pesadilla la que tal vez impide su reparador descanso.

23:58.

"Eddie" ve la hora en su mini componente: de sus parlantes brota la sutil introducción de cuerdas de Murders in the rue morgue, antes de que un fallido clon de Daddy Yankee lo obligue a volver a lo suyo.

-Dame la promo del italiano y la lata pa' servir aquí, perro... La mayo, casera y con ajo... Una Coca... No tan helá', que está fresco el planeta esta noshe-, agrega y ríe fugaz antes de continuar-. Y késchu, musho késchu, perrito... Please...

-Okay-, contesta "Eddie" antes de lavar sus manos y preparar el pedido. -Son dos mil pesos.

-Schisssss... La musiquíta... Con razón no teníh máh clientes pú'h, chascón...- Vuelve a reír luego de un breve silencio entre ambos, antes de hacer una pausa y agregar más curioso que preocupado- ¿Esas son telarañas, perro?... Ahí, en el rincón de arriba... ¿Son telarañas, perrín?

-Son dos mil pesos-, repite "Eddie", algo irritado cuando concluye que sus propios pensamientos pudieron haber materializado tanto a su cliente como a la extraña variante del idioma español que a duras penas sale de su boca, montada en un irritante sonsonete nasal.

-Nooo... Te pasaste... ¿Cómo tan coshino, perrito?... O sea... Con tal de que en vez de una cucarasha, venga la salshisha en mi hot dog, está todo bien...- Ríe infantil antes de insistir- Pero, no podíh pu'h, perro... Un poquito más de preocupación...- agrega divertido por su propia condescendencia. -Y te apuesto que por eso mismo no teníh mina... ¿Ah?... ¡¿Ah?!... Acerté ¿O no?... ¡¿Ah?!... Le di medio a medio ¿Cachái?... ¿Viste que no teníh mina, perro?... Estái igual que el caballo: a pura paja y agua...-, agregó antes de reír aparatosamente recuperar la compostura rápido.-Es que con esa música... Schíssss... Hasta la más fea se espanta pu'h, chascón... Así que, apenas terminíh... Cuando podái... Apenas podái, eso sí... Un consejo... Échate harta cremita en la cara... Teníh la piel terrible'e reseca-, remata con una carcajada contagiosa por lo ridícula y carismática con que se celebra a sí- ¡Ah!... Y acuérdate del késchu, porfa....

"Eddie" lo mira de reojo por el rabillo más cercano, mientras va y viene dentro de su remolque, a punto de terminar el pedido.

-Es que me gusta musho el késchu, perrín... De shico... Parece que me dieron tanto que me hice adicto...-, repone cuando "Eddie" deja en el mesón del remolque la Coca Cola en lata más su "completo italiano": hot dog con tomate, palta, abundante mayonesa casera con ajo y un poco de kétchup.

-Son dos mil pesos-, insiste "Eddie".

-Gracias, perrín... -responde su cliente con decepción y los ojos clavados sobre lo que sostiene en su mano- ... Pero... Parece... que no me escuchaste bien... O te dio lo mismo... O te estái desquitando... O me queríh puro hueiar... -una amplia sonrisa aparece y se extingue, tal como alcanzó a esbozarse en su rostro- ¿Si queríh, le esho yo?...

-No es necesario...

-¿Cómo?

-Es todo lo que te puedo dar... Son dos mil...

Por segundos el universo se contrae y puede sentirse la noche a punto de estallar.

-¡¿Qué te pasa, car'e zombi?!...

-Tranquilo...

-¡¿Me estái hueiando?!

-No te he faltado el respeto...

- ¿No, ah?

-Me pediste kétchup y kétchup te di...

-¡Te pedí MUSHO késchu!...

-No tengo más...

-¡¿Qué?!

-Deja de gritar, por favor... Y págame- responde "Eddie" antes de subir el volumen de la radio y considerar la posibilidad de haber sido más generoso con el kétchup para evitarse problemas.

-¡¡¿Qué?!!- insiste su cliente fuera de sí antes de dejar su hot dog encima del mesón y extraer de su ropa un revolver Taurus, que seguro robó o compró a algún policía corrupto. Con él apunta a "Eddie", quien levanta ambas manos rápido aunque sereno. -¡¡Mira conchetumare!!... ¡¡Si te pido késchu me lo vái a dar!! ¡¿Oíste?!... ¡¿Y sabíh por qué?!... ¡¡¿Sabíh por qué, conchetumare?!! ¡Porque te lo estoy pidiendo por favor! ¡¡Y no es ná' un favor la weá!! ¡¡¡Así que atiéndeme bien antes de que termine de hacerte mierda esa car'e zombi culia'o que teníh!!!... ¡¡Dame la plata de la caja, conchetumare!!...

"Eddie" asiente mientras baja las manos y desaparece en silencio tras el mesón.

-¡¡Rápido, maricón!!...-Ordena su asaltante, que mira preocupado a su alrededor, siempre apuntando al espacio donde estaba "Eddie". -¡¿No te enseñaron que el cliente SIEM-PRE tiene la razón?!

"Eddie" toma su escopeta de doble cañón hecha por él mismo, oculta junto a la caja del dinero y se incorpora rápido, quita el seguro y carga munición.

-Sí...

El asaltante vuelve a poner sus ojos sobre "Eddie", que apunta el cañón de su poderosa arma artesanal directo a su pecho.

-Pero no estoy de acuerdo-, completa cuando su índice derecho recoge brusco el gatillo y el torso de su asaltante explota, cayendo el resto de su cuerpo de espaldas sobre la tierra, varios metros más atrás.

"Eddie" deja su arma humeante sobre el mesón, abre la puerta lateral y baja del remolque con paso cansino. Se acerca mientras un enorme charco de sangre comienza a formarse alrededor de su también humeante cuerpo moribundo desparramado sobre la tierra.

-Kétchup... Más parece salsa barbecue... ¿Te gusta?... ¿Eh?... ¿Te gusta la salsa barbecue?... Es tuya... Toda-toda tuya... Literalmente... -, se escucha decir "Eddie", como si se hubiera desdoblado, antes de coger el revolver de su asaltante llenándose del polvo que levantan las ráfagas de viento frío, como olas de un mar furioso que vuelven sobre el lugar. - ¿Por qué me faltaste el respeto, wachiturro?... Parece que ni siquiera pensabas pagarme tu hot dog... Y es lo que corresponde ¿O no? Pagar por lo que comes... Pero pedirlo así, exigirlo de esa forma... Y burlándote de quien te alimenta para después insultarlo, apuntarle con un arma y luego, como "guinda de la torta", querer robarle lo poco y nada que ha ganado en la noche...-, agrega "Eddie" como si todo lo pensara en voz alta, antes de reprobarlo chasqueando su lengua varias veces rodeando otras tantas su cuerpo inerte desangrándose en el suelo. -Espero que recuerdes lo que aprendiste esta noche: Nunca te metas con quien prepara tu comida...

Killers.

"Eddie" escucha atento el comienzo de la canción que llega hasta él y vuelve sobre sus pasos. Alerta, se acerca a su remolque concentrado en el rojo furioso de los números digitales de la frecuencia radial en la que está sintonizado su minicomponente: 104.9, "Futuro FM: la radio del rock", completa el slogan en su mente. Es sábado en la noche, hora del "Rock & roll all night", no de algún programa especial ni menos de dos canciones de un mismo disco, el primero que él escuchó de la banda inglesa y lo hizo convertirse en fan, recuerda tras mirar rápido a su alrededor y comprender que algo anda mal.

La camanchaca se derrama desde las cimas de los cerros circundantes como tsunami gaseoso que amenaza con cubrirlo todo en segundos. El piso comienza a vibrar, luego a temblar, a sacudirse implacable. Pero no es un movimiento telúrico el que lo remece sino hordas de reggaetoneros que emergen desde las entrañas de la espesa nube blanca y bajan hasta el final de las cuatro calles que convergen en su remolque. Corren hacia él como si en ello se les fuera la vida, tal como el asaltante baleado y medio despedazado que se incorpora felino y da un salto en busca del cuello de "Eddie", pero él lo repele con tres disparos que logra colar por sus rugientes fauces con su mismo revolver recogido del suelo.

"Eddie" se levanta rápido y alcanza a entrar en su remolque con ambas armas en sus manos y lo cierra por dentro justo cuando la horda de humanoides comienza a estrellarse contra la superficie del vehículo, abollándolo en cosa de segundos. Hombros, cabezas, rostros, puños, brazos, rodillas y pies... Cada violento impacto deja su huella kamikaze sobre el metal, convertido en verdadero papel metálico de un gigante chocolate ausente del cual "Eddie" es algo así como el reemplazo.

La oscuridad es total, "Eddie" reconoce la forma de los objetos que van y vienen junto a un par de disparos casuales de sus propias armas, son los ingredientes de un furioso cóctel del que también es parte, agitándose ruidoso y sin cesar. Tras un par de chispazos fugaces, los parlantes enmudecen y las monedas de la vieja caja metálica Calpany se esparcen como esquirlas de una humilde bomba en todas direcciones. Botellas y latas de gaseosas llenas golpean su cabeza, rostro y su cuerpo antes de quebrarse, de rasguñar su piel quemada en rostro y brazos por el aceite aún hirviente de la freidora de papas atomizado en el aire como cotillón. Panes, papas congeladas y pre fritas, salchichas, cubos de hielo, carne de pollo, cerdo y vacuno, agregados y aderezos varios se suman a la sacudida, engrosan el ruido sordo que parece durar una eternidad. Golpes, numerosos golpes cada vez más rotundos y cercanos, transforman el cielo en la tierra y viceversa, una y otra vez, una y otra vez, el espacio en el remolque se reduce rápido por las embestidas y "Eddie" cae sobre su mejilla derecha, que por segundos es el único punto de apoyo de todo su cuerpo invertido. No sabe si es contra el piso o el techo de su vehículo transformado en búnker móvil, que gira como una piedra rodante y decreciente cada vez más rápido sobre el piso. Hasta que la masa victoriosa lo carga sobre sus brazos emitiendo un perturbador chivateo compuesto de rugidos y toda clase de sonidos guturales sacados desde lo más profundo de una caverna prehistórica.

La agitación del cóctel cesa y el ahora piso de su encierro se agita leve, incluso rítmico, mientras afuera sus captores cantan alguna de sus canciones más emblemáticas, que "Eddie" ignora por completo pero detesta con el alma. Siente que es un misionero apresado por una de las peores tribus aborígenes del mundo y conducido hacia un gran caldero ubicado en la última parada, donde ellos saciarán su apetito, así que trata de pararse, de hincarse al menos. Pero todo es en vano, las sacudidas vuelven con aún más violencia en lo que parece ser la extensa caída libre contra los escarpados bordes rocosos de algún gran acantilado sin fondo. El último arranca la puerta del remolque como si fuera el pétalo de una flor marchita y "Eddie" anticipa un violento amarizaje contra la superficie del océano, brillante bajo la luz de la luna, que se acerca a toda velocidad.